el olivo del ágora griega

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Ésta es una historia real, aunque esta palabra ya no pone de acuerdo a casi nadie. De mi visita a la Atenas milenaria guardo dos recuerdos imposibles: una foto del momento en que me descalcé al entrar en solitario a la última morada de Sócrates, y una reflexión frente al mar, junto al templo de Poseidón, comiendo aceitunas.

El primero habrá sido, sin duda, compartido por cuantos han meditado en la historia de la filosofía en occidente. El segundo explicaría mejor los viajes de estas ideas (a Manuel Vicent le debo, tal vez, el gusto por las aceitunas).

El viaje de las olivas cruzando el Mediterráneo es el mejor resumen de esta civilización. Ahora, treinta siglos después, se comprende mejor que este árbol viajero haya echado raíces en los dos extremos del mar de la cultura, y sobre todo en La Mancha. Con los años he aprendido a dudar de toda Historia. Hoy ya no sé en qué dirección hizo su primer viaje este árbol retorcido.

A la vuelta del viaje griego decidí plantar mi primer olivo: un plantón que adquirí en el mercadillo de los lunes en Villacañas y puse en aquel jardín de la calle del Estadio. En el ritual del traslado de casa, que los amigos -siempre impagables- me ayudaron a hacer al huerto de las Lagunas, llenamos la vieja furgoneta de Kiko con todas las plantas. Los rosales y el ciprés no resistieron el trasplante. Las madreselvas, el laurel y el olivo, sí.


Hoy, diez años después, he recogido la primera cosecha de olivas de este árbol. Ensayaré una receta también milenaria para arreglarlas, con laurel y tomillo, y en el año nuevo invitaremos a los amigos a degustarlas frente al fuego, contando historias sobre la Atlántida perdida. Lo más real de esta historia es el poema que quedó escrito al plantar el olivo. Es un ritual que hago cuando siento que toco el fondo de la Historia.


en el ágora griega

A la sombra del árbol del olivo
planté esta primavera las palabras
y a la muela implacable del olvido
lancé el fruto aceitoso de su alma.

La crecida del Nilo trajo fiebre
y los barcos de Atenas las vasijas,
el bien, el mal y las categorías,
el ser la nada y las demás corrientes.

Un bálsamo bebí en mis adentros
y ungüento me pusieron en las sienes.
Por las playas del mar de los lamentos

varadas van quedando las especies
los dioses, las ideas, y los pueblos
como lechuzas beben el aceite.
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3 comentarios:

Establo Pegaso dijo...

¡Qué árbol! los de la Serra de Tramuntana son una maravilla. Por cierto creo que relacionado con Palas Atenea, y divagando, divagando lechuza en catalán es òliba, ¿curioso no?

Eduardo Scala dijo...

ACEITUNA
UNA

UNA

maika dijo...

ACEITUNA
Haz [AC-eituna]
He (He aquí) [ac-E-ituna]
Y [I]
Tuna [TUNA] (Tunar: andar vagando en vida libre)

El mundo sería más mundo si a todos los humanos se nos ofreciera la oportunidad de participar, al menos una vez, en la recogida de la aceituna. Como ahora voy en silla de ruedas, creo que no podría hacerlo. Quízá por eso, después de morir mi padre el 2 de diciembre de 2002, a finales de ese mismo año mi primo Josema me invitó, en Jaén, a recoger la aceituna. Os doy las gracias a él, a todos y a Hilario. (Postdata: Me viene ahora a la mente el título de un filme emotivo al máximo: "El aceite de la vida" -"Lorenzo's oil" es el título original-, dirigido por George Mille y protagonizado -entre otros- por Nick Nolte y Susan Sarandon. El aceite "aceitunal" también es aceite de la vida. Gregorio David y su familia tendrán litros y litros de vida...